Bienvenidos a Raíces Chosicanas

Aquí compartiré algunas anécdotas, pensamientos, vivencias, un poco de todo con todos =)

sábado, 24 de septiembre de 2011

23 de septiembre


Hoy 23 de septiembre Daniela cumplió un añito de vida. Un día como hoy, el año pasado, a las 19 y 49 nacía mi cuycita. Un día como hoy, el año pasado y al mediodía, yo entraba a la maternidad hasta esperar la dilatación necesaria para el parto. Fueron horas de espera y muchísimo dolor. Mezcla de impaciencia, de ansiedad, de curiosidad. Hoy 23 de septiembre a las 18 y 4 llevaron a Daniel al quirófano. Son las 19 y 28 y aún continúa allí. Nuevamente se mezclan sentimientos. Fue una semana muy difícil tal cual fue el año pasado. Yo espero en la habitación, Daniela está con sus abuelos y Pato. Aunque estemos separados nuestro espíritu se mantiene unido y con él, el Espíritu de Dios. Que nos fortalece y nos guía. Gracias Dios por este día, gracias por mantenernos cubiertos con tu Manto Sagrado. Gracias infinitamente por nunca soltarnos. Hoy 23 de septiembre ya son las 19 y 32 aquí te espero cuy, y la cuycita nos espera en casa. Mañana será otro día...

El día que creí en Dios


Desde chica me enseñaron a rezar bajito y a respetar la religión. Solía ir a la iglesia todos los domingos bien temprano, colaboraba poniendo flores a los santos, y me sabía de memoria todo el programa de la misa. Con respecto a ese tema no sé cuándo ni por qué mi primo hermano Le. comenzó a actuar de manera “extraña”. Lo “extraño” no sólo lo era para mí sino también para mis demás primos (éramos todos niños en aquella época, nos llevamos por apenas 1 o dos años). No recuerdo cuál era mi edad exacta pero lo que sí recuerdo es que su forma de hablar con Dios me daba mucha risa. Solía ir a casa de mi tía ella vivía con sus cuatro hijos, Le. el mayor luego vienen Fl. Ma. y Lu. Una de esas tardes en su casa Le nos invitó a Ma, a otra prima Sa y a mí al templo que él mismo había construido. Ese templo quedaba en uno de los andenes del cerro. Era una especie de casita bien armadita con algunas esteras de paja, de puerta tenía una cortina y adentro había una alfombra, la biblia y una especie de altar. Con las chicas mirábamos todo asombradas, y al mismo tiempo no podíamos contener la risa. Él estaba serio, y muy seguro de lo que hacía. Nos invitó a hablar con Dios. Yo no entendía qué era eso. Si bien nosotras estábamos acostumbradas a rezar, y a hacerlo en voz baja sin molestar a nadie y hasta lo hacíamos vergonzosamente. Las risas se transformaron en burla pero tratábamos de ocultarla. Era obvio que él se daba cuenta pero no nos decía nada. Nos arrodillamos sobre la alfombra y después de un Padre Nuestro que rezó a viva voz mirando hacia el cielo como dirigiéndose a “alguien” y al mismo tiempo moviendo las manos efusivamente. Nosotras, cómplices de la risa, la burla casi a punto de la carcajada nos tapábamos la boca y los ojos nos lagrimeaban por tanta contención. Él no nos podía ver porque tenía los ojos cerrados. Cuando terminó de rezar, se dirigió a “alguien” diciéndole que esa tarde “Él” nos hablara. Tomó en sus manos la biblia, y la abrió como al azar. Si me preguntan cuál fue la palabra exacta, o el capítulo o versículo de la palabra que leyó les mentiría si les digo que la recuerdo. Lo único que recuerdo y me quedó bien marcado es algo que con mis palabras entendí que “Él nos perdonaba aunque nos burláramos. Fue tal nuestro asombro, que nunca más nos olvidamos de ese día, esa tarde, en ese pequeño santuario. Definitivamente Dios estaba allí, en un lugar tan recóndito, tan simple, tan hecho con amor y con fe. En ese Padre Nuestro rezado con tanto fervor a pesar de nuestras burlas. Ese día creí en Dios. Ese día Dios nos habló.

sábado, 10 de septiembre de 2011

¿Un cuarto de qué?

Odiaba cuando mi mamá me mandaba a hacer los mandados. Los domingos ése era uno de mis temas de confesión: “Padre no hago caso a mis papás y reniego cuando me mandan a hacer cosas”, admitía. Lo máximo que me mandaba a rezar eran cinco padres nuestro y cinco avemarías. El odio era porque durante todo el camino tenía que repetir en mi mente la lista de compras para no olvidarla. Recuerdo una anécdota con unos fideos de los cuales me costaba recordar el nombre.
“Sary, anda a comprar”, dijo mi mamá. Yo respondí renegando: “¿Qué compro mamá?”. “Un cuarto de entrefino delgado”. Me dio la plata (justa) y salí corriendo y repitiendo: Un cuarto de entrefino delgado, un cuarto de entrefino delgado... (Bajé corriendo las escaleras, cruzé el patio, bajé más escaleras, abrí el portón principal. Subí escaleras, corrí un trecho de camino de tierra, hasta que al fin subí las escaleras de la tienda y antes de entrar a la tienda de David, paré y pensé: ¿Qué era?). “Mámá!!!”, grité yo, cual vendedora de tamales. Ella, se asomó por la ventana muy asustada y preocupada por el grito. “Un cuarto de qué!!!”.
Y ni qué decir de las veces que tenía que ir hasta el mercado.