Nadie cumplía años, pero queríamos organizar una fiesta. Después de calcular la cantidad de dinero que cada uno debía poner, para comprar las golosinas, avisamos a los demás. No recuerdo a quién se le ocurrió que la fiesta sería de disfraces. Pero después, nosotras, las organizadores nos desanimamos de esa idea. El hecho es que nos olvidamos avisarles a Carlitos y a sus hermanas que se trataría de una fiesta común.
Lugar de reunión: nuestra sala. Todo estaba limpio y ordenado. Los muebles en su lugar, la mesa con toda clase de bocaditos dulces y salados. Había música y todas estábamos a la expectativa. De pronto sonó el timbre, eran Kelly y Jonathan. Algunos ya estaban comiendo, otros conversando, pero aún nadie se animaba a bailar.
El timbre otra vez, ¡Una gatita! era Patty, había llegado sola, sin sus hermanos. Tenía la nariz negra y unos curiosos bigotes dibujados en su cara. También traía unas orejitas y una larga cola. Nos miramos y nuestras miradas fueron cómplices de una gran carcajada contenida. La hicimos pasar junto a los demás, para luego correr a nuestros cuartos a soltar esas carcajadas que te hacen reír y al mismo tiempo llorar y por si fuera poco también te dan ganas de hacer la pila.
Después de ese gran desfogue logramos salir a la sala. Patty se quedó toda la tarde con nosotros, era la gatita de la fiesta, la única disfrazada pero no le importó. Nos divertimos mucho, como todas las veces que nos juntamos. Fue una anécdota que la mayoría recuerda con mucho cariño.


