Bienvenidos a Raíces Chosicanas

Aquí compartiré algunas anécdotas, pensamientos, vivencias, un poco de todo con todos =)

martes, 13 de marzo de 2012

Una gatita en la fiesta



Nadie cumplía años, pero queríamos organizar una fiesta. Después de calcular la cantidad de dinero que cada uno debía poner, para comprar las golosinas, avisamos a los demás. No recuerdo a quién se le ocurrió que la fiesta sería de disfraces. Pero después, nosotras, las organizadores nos desanimamos de esa idea. El hecho es que nos olvidamos avisarles a Carlitos y a sus hermanas que se trataría de una fiesta común.

Lugar de reunión: nuestra sala. Todo estaba limpio y ordenado. Los muebles en su lugar, la mesa con toda clase de bocaditos dulces y salados. Había música y todas estábamos a la expectativa. De pronto sonó el timbre, eran Kelly y Jonathan. Algunos ya estaban comiendo, otros conversando, pero aún nadie se animaba a bailar.

El timbre otra vez, ¡Una gatita! era Patty, había llegado sola, sin sus hermanos. Tenía la nariz negra y unos curiosos bigotes dibujados en su cara. También traía unas orejitas y una larga cola. Nos miramos y nuestras miradas fueron cómplices de una gran carcajada contenida. La hicimos pasar junto a los demás, para luego correr a nuestros cuartos a soltar esas carcajadas que te hacen reír y al mismo tiempo llorar y por si fuera poco también te dan ganas de hacer la pila.

Después de ese gran desfogue logramos salir a la sala. Patty se quedó toda la tarde con nosotros, era la gatita de la fiesta, la única disfrazada pero no le importó. Nos divertimos mucho, como todas las veces que nos juntamos. Fue una anécdota que la mayoría recuerda con mucho cariño.

lunes, 12 de marzo de 2012

LOS NIÑOS DE AYER



Recordar mi niñez es volver al edificio Lourdes. La casona antigua donde viví desde que nací. Misteriosamente hay noches que sueño que estoy allí, jugando en el patio, subiendo las escaleras o mirando por la ventana. Digo misteriosamente porque a todos los que un día vivieron allí les sucede lo mismo.
A esos niños de ayer, que jugaban incansablemente, sin preocupaciones, ni problemas, los recuerdo en estas breves memorias.
Hoy, muchos de nosotros pasamos los 20 y 30 años. Y aunque algunos estemos casados sin hijos, con hijos y otros aún solteros; sigamos en contacto o hayamos perdido el rastro, tenemos en común grandes y pequeños recuerdos que guardamos como un gran tesoro en lo más profundo de nuestro corazón...

Los protagonistas

Pamela y Leslie; mis primas hermanas, vivíamos en el mismo departamento.

Mis hermanas, Lisseth y Patricia.

Kelly y Jhonathan; hermanos, nuestros vecinos que vivían en el departamento del frente en el mismo piso. (Ellos solían llamarse el uno al otro de hermano, o hermana, cosa un poco rara para nosotros que nos llamábamos por el nombre).

Glen, Guimo y Tania, eran más grandes que nosotros. Alguna que otra vez jugamos con ellos, a nosotras nos gustaba Guimo. Tiempo después se mudaron.

Carlitos, Patty y Chana; que sólo venían a la vecindad algunas vacaciones a visitar a sus abuelos.
Pero se quedaban los tres meses completos.

José y sus hermanos: Primos de Carlitos, Patty y Chana. Que también venían sólo de visita. No solían quedarse mucho tiempo.

Los chicos de San José: Maribel y su hermano Maycol, Carlos, Rafael, Jean Carlos y Víctor. Ellos vivían en la parte de atrás del edificio. Sólo después de mucho tiempo llegaron a entrar a nuestro patio para jugar con nosotras.

Keny; hijo único, era el más chiquitín.

Junior; primo de Keny, solía visitar la vecindad.

Sandy, Lenin, Flor, Laura, Marcia, Lucho; nuestros primos que solían visitarnos.

En edad los contemporáneos, aproximadamente, éramos: Pamela, Carlitos, y yo. Luego venían Patty, Lisseth, Kelly, Junior, Maribel, Carlos, Jean Carlos. Después Patricia, Víctor, Maycol, Chana y Leslie. José era el mayor.

Para ustedes niños de ayer. Para ustedes cómplices de travesuras y chiquilladas....

viernes, 2 de marzo de 2012

La carta que no llegó al destinatario


A lo largo de mi vida, especialmente durante mi niñez y adolescencia manifesté esporádicamente algunas “maldades”. Pero la que más recuerdo, por ser la más inocente es una que hice en sociedad con Pamela, mi prima. En ese entonces ella tenía 5 y yo 6 años.

El departamento donde vivíamos colindaba con dos departamentos más en el mismo piso del edificio. Pero sólo la cocina de uno de ellos colindaba con la nuestra. Y se podía escuchar todo lo que se hablaba. Una tarde, cuando mi prima y yo estábamos en la cocina escuchamos, de la cocina del otro departamento, lo que nuestra vecina, de 5 años, le contaba a su abuela.

Ella hablaba sobre mi hermana menor, Patricia, que en esa época era una bebé. - “Mamá, Patricia llora como un perro” – dijo. No recuerdo la acotación que pudo haber hecho su abuela. Porque después de haber escuchado ese insulto, me dio mucho coraje, embravecí y quería hacer justicia por mano propia. Mi prima era menor que yo por cinco meses y ella era la que armaba todos los planes. Por lo que a mí me tocaba ponerlos en práctica.

A ella se le ocurrió; responder el insulto escribiendo una carta a la vecina, y luego la introduciríamos debajo de su puerta. Ése era el plan. Pero ella todavía no sabía escribir, en cambio yo ya estaba incursionando en el mundo de la lectura y escritura, concordamos en que sería la que escribiría todo lo que ella me dictara. Así hicimos.

- “QUELITA TU SERAS LA QUE LLORA COMO UN PERRO”- Algo así, fue la respuesta a su insulto. Claro, que había escrito mal el nombre, que se escribe Kelly, además no puse las tildes correspondientes. ¿Y ahora, quién pondría el papelito debajo de la puerta? Por un momento, el coraje del principio parecía haberse disipado, pero me tocó hacer que regrese porque fui yo, quien tuvo que hacerlo. Confieso que me dio un poco de miedo.

Aún así, sigilosamente caminé hasta la puerta de la vecina. Me agaché y rogué que nadie la abriera. Cuando logré meter una punta del papelito, lo empujé hasta que no lo vi más. Sólo en ese momento fui consciente que podía no llegar a las manos del destinatario, sino a las manos de su abuela. Esa parte había escapado al plan armado, no lo habíamos pensado antes.

Me faltaron piernas para salir corriendo rumbo a mi casa y después le conté la hazaña a Pamela. Un miedo atroz se apoderó de las dos, cuando le planteé la probabilidad de que la hojita pudiera ser leída por la abuela de la vecina. Y lo que tanto temíamos se hizo realidad.

De pronto escuchamos el timbre de la casa, salió mi tía, mamá de Pamela, a atender el llamado. Era la abuela de Kelly, quejándose por lo que había encontrado debajo de su puerta. Cuando escuchamos que mi tía había cerrado la puerta, con mi cómplice fuimos corriendo a ver por la ventana y vimos cómo la abuela atravesaba el patio con cara de pocos amigos. Esperábamos algún castigo por la “travesura”, pero sólo nos requintaron. Y no pudimos negar ser autoras de la nota porque mi letra me delataba. Me hubiera gustado haber guardado de recuerdo ese papel. Cosa de niños, éramos tan inocentes.