Desde chica me enseñaron a rezar bajito y a respetar la religión. Solía ir a la iglesia todos los domingos bien temprano, colaboraba poniendo flores a los santos, y me sabía de memoria todo el programa de la misa. Con respecto a ese tema no sé cuándo ni por qué mi primo hermano Le. comenzó a actuar de manera “extraña”. Lo “extraño” no sólo lo era para mí sino también para mis demás primos (éramos todos niños en aquella época, nos llevamos por apenas 1 o dos años). No recuerdo cuál era mi edad exacta pero lo que sí recuerdo es que su forma de hablar con Dios me daba mucha risa. Solía ir a casa de mi tía ella vivía con sus cuatro hijos, Le. el mayor luego vienen Fl. Ma. y Lu. Una de esas tardes en su casa Le nos invitó a Ma, a otra prima Sa y a mí al templo que él mismo había construido. Ese templo quedaba en uno de los andenes del cerro. Era una especie de casita bien armadita con algunas esteras de paja, de puerta tenía una cortina y adentro había una alfombra, la biblia y una especie de altar. Con las chicas mirábamos todo asombradas, y al mismo tiempo no podíamos contener la risa. Él estaba serio, y muy seguro de lo que hacía. Nos invitó a hablar con Dios. Yo no entendía qué era eso. Si bien nosotras estábamos acostumbradas a rezar, y a hacerlo en voz baja sin molestar a nadie y hasta lo hacíamos vergonzosamente. Las risas se transformaron en burla pero tratábamos de ocultarla. Era obvio que él se daba cuenta pero no nos decía nada. Nos arrodillamos sobre la alfombra y después de un Padre Nuestro que rezó a viva voz mirando hacia el cielo como dirigiéndose a “alguien” y al mismo tiempo moviendo las manos efusivamente. Nosotras, cómplices de la risa, la burla casi a punto de la carcajada nos tapábamos la boca y los ojos nos lagrimeaban por tanta contención. Él no nos podía ver porque tenía los ojos cerrados. Cuando terminó de rezar, se dirigió a “alguien” diciéndole que esa tarde “Él” nos hablara. Tomó en sus manos la biblia, y la abrió como al azar. Si me preguntan cuál fue la palabra exacta, o el capítulo o versículo de la palabra que leyó les mentiría si les digo que la recuerdo. Lo único que recuerdo y me quedó bien marcado es algo que con mis palabras entendí que “Él nos perdonaba aunque nos burláramos. Fue tal nuestro asombro, que nunca más nos olvidamos de ese día, esa tarde, en ese pequeño santuario. Definitivamente Dios estaba allí, en un lugar tan recóndito, tan simple, tan hecho con amor y con fe. En ese Padre Nuestro rezado con tanto fervor a pesar de nuestras burlas. Ese día creí en Dios. Ese día Dios nos habló.
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Aquí compartiré algunas anécdotas, pensamientos, vivencias, un poco de todo con todos =)
sábado, 24 de septiembre de 2011
El día que creí en Dios
Desde chica me enseñaron a rezar bajito y a respetar la religión. Solía ir a la iglesia todos los domingos bien temprano, colaboraba poniendo flores a los santos, y me sabía de memoria todo el programa de la misa. Con respecto a ese tema no sé cuándo ni por qué mi primo hermano Le. comenzó a actuar de manera “extraña”. Lo “extraño” no sólo lo era para mí sino también para mis demás primos (éramos todos niños en aquella época, nos llevamos por apenas 1 o dos años). No recuerdo cuál era mi edad exacta pero lo que sí recuerdo es que su forma de hablar con Dios me daba mucha risa. Solía ir a casa de mi tía ella vivía con sus cuatro hijos, Le. el mayor luego vienen Fl. Ma. y Lu. Una de esas tardes en su casa Le nos invitó a Ma, a otra prima Sa y a mí al templo que él mismo había construido. Ese templo quedaba en uno de los andenes del cerro. Era una especie de casita bien armadita con algunas esteras de paja, de puerta tenía una cortina y adentro había una alfombra, la biblia y una especie de altar. Con las chicas mirábamos todo asombradas, y al mismo tiempo no podíamos contener la risa. Él estaba serio, y muy seguro de lo que hacía. Nos invitó a hablar con Dios. Yo no entendía qué era eso. Si bien nosotras estábamos acostumbradas a rezar, y a hacerlo en voz baja sin molestar a nadie y hasta lo hacíamos vergonzosamente. Las risas se transformaron en burla pero tratábamos de ocultarla. Era obvio que él se daba cuenta pero no nos decía nada. Nos arrodillamos sobre la alfombra y después de un Padre Nuestro que rezó a viva voz mirando hacia el cielo como dirigiéndose a “alguien” y al mismo tiempo moviendo las manos efusivamente. Nosotras, cómplices de la risa, la burla casi a punto de la carcajada nos tapábamos la boca y los ojos nos lagrimeaban por tanta contención. Él no nos podía ver porque tenía los ojos cerrados. Cuando terminó de rezar, se dirigió a “alguien” diciéndole que esa tarde “Él” nos hablara. Tomó en sus manos la biblia, y la abrió como al azar. Si me preguntan cuál fue la palabra exacta, o el capítulo o versículo de la palabra que leyó les mentiría si les digo que la recuerdo. Lo único que recuerdo y me quedó bien marcado es algo que con mis palabras entendí que “Él nos perdonaba aunque nos burláramos. Fue tal nuestro asombro, que nunca más nos olvidamos de ese día, esa tarde, en ese pequeño santuario. Definitivamente Dios estaba allí, en un lugar tan recóndito, tan simple, tan hecho con amor y con fe. En ese Padre Nuestro rezado con tanto fervor a pesar de nuestras burlas. Ese día creí en Dios. Ese día Dios nos habló.
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