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viernes, 2 de marzo de 2012

La carta que no llegó al destinatario


A lo largo de mi vida, especialmente durante mi niñez y adolescencia manifesté esporádicamente algunas “maldades”. Pero la que más recuerdo, por ser la más inocente es una que hice en sociedad con Pamela, mi prima. En ese entonces ella tenía 5 y yo 6 años.

El departamento donde vivíamos colindaba con dos departamentos más en el mismo piso del edificio. Pero sólo la cocina de uno de ellos colindaba con la nuestra. Y se podía escuchar todo lo que se hablaba. Una tarde, cuando mi prima y yo estábamos en la cocina escuchamos, de la cocina del otro departamento, lo que nuestra vecina, de 5 años, le contaba a su abuela.

Ella hablaba sobre mi hermana menor, Patricia, que en esa época era una bebé. - “Mamá, Patricia llora como un perro” – dijo. No recuerdo la acotación que pudo haber hecho su abuela. Porque después de haber escuchado ese insulto, me dio mucho coraje, embravecí y quería hacer justicia por mano propia. Mi prima era menor que yo por cinco meses y ella era la que armaba todos los planes. Por lo que a mí me tocaba ponerlos en práctica.

A ella se le ocurrió; responder el insulto escribiendo una carta a la vecina, y luego la introduciríamos debajo de su puerta. Ése era el plan. Pero ella todavía no sabía escribir, en cambio yo ya estaba incursionando en el mundo de la lectura y escritura, concordamos en que sería la que escribiría todo lo que ella me dictara. Así hicimos.

- “QUELITA TU SERAS LA QUE LLORA COMO UN PERRO”- Algo así, fue la respuesta a su insulto. Claro, que había escrito mal el nombre, que se escribe Kelly, además no puse las tildes correspondientes. ¿Y ahora, quién pondría el papelito debajo de la puerta? Por un momento, el coraje del principio parecía haberse disipado, pero me tocó hacer que regrese porque fui yo, quien tuvo que hacerlo. Confieso que me dio un poco de miedo.

Aún así, sigilosamente caminé hasta la puerta de la vecina. Me agaché y rogué que nadie la abriera. Cuando logré meter una punta del papelito, lo empujé hasta que no lo vi más. Sólo en ese momento fui consciente que podía no llegar a las manos del destinatario, sino a las manos de su abuela. Esa parte había escapado al plan armado, no lo habíamos pensado antes.

Me faltaron piernas para salir corriendo rumbo a mi casa y después le conté la hazaña a Pamela. Un miedo atroz se apoderó de las dos, cuando le planteé la probabilidad de que la hojita pudiera ser leída por la abuela de la vecina. Y lo que tanto temíamos se hizo realidad.

De pronto escuchamos el timbre de la casa, salió mi tía, mamá de Pamela, a atender el llamado. Era la abuela de Kelly, quejándose por lo que había encontrado debajo de su puerta. Cuando escuchamos que mi tía había cerrado la puerta, con mi cómplice fuimos corriendo a ver por la ventana y vimos cómo la abuela atravesaba el patio con cara de pocos amigos. Esperábamos algún castigo por la “travesura”, pero sólo nos requintaron. Y no pudimos negar ser autoras de la nota porque mi letra me delataba. Me hubiera gustado haber guardado de recuerdo ese papel. Cosa de niños, éramos tan inocentes.

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